Historia del Espanol

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1. Los romanos cultos hablaban y escribían según las reglas del latín clásico (sermo urbanus), mientras que el pueblo inculto, que era más numeroso - militares de baja graduación (clase de tropa), comerciantes y trabajadores - hablaban (y escribían, si habían aprendido esta habilidad) un tipo de lengua más ordinaria y menos complicada, que conocemos con el nombre de latín vulgar (sermo vulgaris).

El latín vulgar se divide tradicionalmente en occidental y oriental. El oriental dio lugar a las lenguas románicas orientales (italiano y rumano), mientras que el occidental dio lugar a las occidentales (francés, espańol, portugués y catalán, entre otras).

A la caída de Roma, hacia finales del siglo IV d.C., la clase dirigente culta desapareció, y con ella, la lengua de cultura hablada y escrita, el latín clásico. Sin embargo, el latin vulgar, que hablaban las masas en la amplia yona comprendida entre Lusitania y Dacia (actualmente Portugal y Rumanía) podia fácilmente sobrevivir a la caída de la lejana capital, por lo que la desaparición de la lengua clásica - VARIEDAD que únicamente dominaba una pequeńa parte de la población del imperio - pasó en general inadvertida por las masas. Por lo tanto, será el latín vulgar, y no el clásico, el que día a día y siglo tras siglo, evolucione hasta originar las modernas LENGUAS ROMÁNICAS.

El latín vulgar se diferenciaba del clásico en todos los niveles lingüísticos. Sus vocales eran muy diferentes de las clásicas, y también las consonantes presentaban ciertas diferencias. Los nombres y verbos del latín vulgar se organizaban de manera más sencilla que sus equivalentes clásicos o diferían de ellos. Necesariamente estas diferencias se ponen de relieve en la sintaxis del latín vulgar, que ofrece también ciertos cambios. En cuanto al léxico, el latín vulgar aceptó numerosos vocablos ENFÁTICOS y expresivos, inconcebibles en la rígida norma clásica, así como diminutivos, etc. Por ello, aunque se perdieron muchas de las palabras clásicas consideradas menos expresivas o menos pintorescas, las lenguas romances han conservado muchas voces inexistentes en los mejores escritores clásicos. Por último, el latín vulgar asimilaba fácilmente vocablos extranjeros de orígenes diversos, frente al latín clásico que únicamente había aceptado algunos, en su mayoría griegos.

Sin embargo, ¿cómo podemos hacernos una idea de esta lengua hablada, que era la que utilizaban hablantes muy incultos, gente de tropa, trabajadores de mercados, obreros de la construcción? Sorprendentemente, existe bastante información sobre el latín vulgar en numerosas fuentes escritas, aunque incompletas y fragmentarias, en gran parte. Parecería lógico pensar que las obras de autores clásicos no podrían proporcionar datos sobre el latin vulgar, pero, sin embargo, hay algunas que son fuentes de cierta importancia. En las comedias de Plauto (hacia 154-184 a.C.) algunos personajes reflejan al „hombre de la calle” y, al hablar, dejan entrever algo del latín vulgar. El escritor satírico Petronio, del siglo I, describe en su famosa Cena Trimalchionis, un banquete al que asisten las clases bajas de la sociedad. En la lengua obscena que emplean los personajes descubrimos rasgos del latin vulgar.

Si nos fijamos en las obras de autores inexpertos que surgieron del pueblo, es lógico pensar que el lenguaje propio del autor se refleje en sus obas, como efectivamente sucede. Un buen ejemplo de ello lo tenemos en la Peregrinatio ad loca sancta, descripción de los viajes de una monja a Tierra Santa en los primeros siglos de nuestra era. La prosa de la autora latina anticipa ya algunas de las estructuras sintácticas que adoptarán las lenguas románicas y descarta otras que estas mismas lenguas rechazarán más tarde.

Existían algunos tratados escritos por especialistas cualificados en sus propios campos, pero no tanto en el latín clásico, y de ellos podemos obtener, igualmente, datos sobre el latin vulgar. El veterinario Quirón escribió en el siglo IV un manual, Mulomediciona Chironis, en el que explica cómo reconocer y curar algunas de las afecciones que puede padecer una mula. Un cocinero de la misma época, Apicio, escribió un libro de cocina, De re coquinaria, de interés a la vez lingüístico y culinario. (De hecho, el profesor Veikko Väänänen, autoridad reconocida en el latín vulgar, informa de que las recetas que contiene la obra son efectivamente cocinables.) A principios de la época de Augusto (43 a. C. - 13 d. C), el arquitecto Vitrubio compuso el tratado De Architectura, diez libros breves en los que tocaba prácticamente todos los aspectos de la arquitectura romana y de la planificación urbana. Aunque indicaba que un arquitecto debía tener muchos conocimientos, la gramática no era necesariamente uno de ellos: „Non architectus potest esse grammaticus.”

Una fuente extraordinariamente rica de latín vulgar la constituyen los diferentes tipos de inscripciones. La erupción del Vesubio, en el año 79 d. C., destruyó y sepultó con su torrente de lava las ciudades Pompeya y Herculano. Sin embargo, de este terrible desastre natural salió beneficiada más tarde la lingüística, ya que se conservaron más de 5000 graffiti (inscripciones) de gran valor, normalmente muy frágiles, que se han descubierto en casi todas las paredes de Pompeya. Por todas partes han aparecido pintadas de proclamas [= „înştiinţare, anunţ public”], chistes, imprecaciones, listas de compras, informes de campaña y las inevitablres frases soeces. Era el pueblo quien escribía la mayoria de estas „inscripciones” que encierran una buena cosecha de datos sobre el latín vulgar.

Otro tipo de inscripciones son los epitafios que aparecen en las lápidas (a menudo grabados por algún pariente escasamente letrado del difunto).

Fisiere in arhiva (1):

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