La Historia, la Literatura y El Arte en Espana entre 1750-1800

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Profesor indrumator / Prezentat Profesorului: lect. drd. Marius Popa

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Domenii: Filologie, Spaniola

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EL SIGLO XVIII

A lo largo del siglo XVIII, los viejos valores hispánicos fueron cuestionados y criticados por una dinámica minoría intelectual. Se trataba de los <<ilustrados>>, que, como los arbitristas de la centuria Antigua se preguntaban por las causas de la decandencia y de la ruina de España. Con el apoyo de la nueva dinastía de los Borbones, consigueron activar los recursos del país e impulsar su renovación a pesar de la oposición de conservadores y tradicionalistas.

Durante el siglo XVIII, el Estado español intenta proteger sus posesiones amaricanas del creciente imperialismo británico y participa activamente en la política internacional. Francia e Inglaterra poseen ahora la hegemoía entre los países europeos.

La reactivación económica, que se venía produciendo desde finales del siglo anterior, acabó definitivamente con la crisis. Durante el reinado de Fernando VI se pudo terminar un año con superávit. Este situación financiera facilitó el aumento demográfico, de manera que a final del siglo la población era casi el doble que al principio.

En el campo de la creación artistica, el Barroco sobrevivió mucho tiempo hasta que fue sustituidio gradualmente por una nueva corriente clasicista (neoclasicismo), más fria y académica, sin embargo, que la renacentista. En literatura, al mismo tiempo que se inauguran los modelos franceses, se produjo una reacción localista. Muchos autores se inspiraron en lo popular y en lo costumbrista.

HISTORIA

LOS REINADOS DE FERNANDO VI Y CARLOS III EN ESPANA

Fernando VI tenía treinta y cinco años de edad cuando subío al trono, y estaba casado con la princesa portuguesa Bárbara de Braganza, de escasos atractivos fisicos, pero de natural pacifico y nada propenso a las intrigas cortesanas y a intervenir en los asuntos de gobierno. Don Fernando, cuya salud se veía turbada canstantemente por una enfermedad metal heredada de su padre, era hombre poco inteligente, pero de buena voluntad y deseo del bienestar de sus súbditos. Mandó a La Granja a su temible madrastra Isabel Farnesio, liquidó en la Paz de Aquisgrán (1748) la guerra de Succesión de Austria, que había heredado de su padre, y consiguió que su hermano don Felipe fuese reconocido como duque de Parma, Plasencia y Guastalla. Esta fue la única ventaja para la dinastía, porque la nación siguió suportando las dos estipulaciones conseguidas por Inglaterra en la paz de Ultrech: el ominoso contrato de asiento(derecho de importar negros en America) y el navío de permiso que servía para legalizar el contrabando. Fernando VI mantuvo la neutralidad durante todo el reinado y dedicó sus esfurzos a la restauración del ejército, de la marina y de la potencialidad económica del país.

EL TRATADO DE 1750

En 1750 se concertó entre España y Portugal el Tratado de Madrid, por el cual España cedía una amplia zona de 500 leguas en las misiones jesuíticas del Paraguay, a cambio de la colonia del Sacramento, foco de contrabando y motivo de continuos conflictos entre España y Portugal.

Siete reducciones de indios debían salir de los lugares donde estaban asentadas desde hacía ciento trinta años y abandonar sus tierras, sus casas, sus iglesias y los lugares donde había transcurrido su vida, para establecerse en otras comarcas.

Es natural que los jesuítas se mostrasen poco favorables a abandonar aquellos territorios y a perder la obra misional y colonizadora realizada a costa de tantos sacrificios. El P. Rávago, ignorante de la cuestión, aprobó en un principio el Tratado; pero cuando recibió informaciones del obispo de Buenos Aires y de algunos hermanos de religión, cambió de parecer y aun aconsejó la resistencia.

Fuese por la natural oposición de los indios, fuese también por la poca ayuda de los jesuítas, lo cierto es que el marqués de Valdelirios y el portugues Gomes Freire, hubieron de recurrir a las armas con resultados iniciales poco felices y desde luego muy costosos.

Es evidente que en este caso los intereses de la Compañía se confundían con los de España, y así lo consideraba el marqués de la Ensenada, íntimo del P. Rávago, que informó secretamente del asunto al rey Carlos de Nápoles, presunto heredero de la corona española, para que, por medio de su embajador, protestase contra la ejecución del convenio. La reina, el duque de Huéscar, el embajador inglés Keene y el ministro Wall sospecharon del marqués de la Ensenada, cuya política favorable a Francia era vista con desagrado por Inglaterra, y el gran ministro de Fernando VI fué exonerado el dia 20 de julio de 1754.

FIN DEL REINADO

Al morir en 1754 don José de Carvajal y Lancáster fué sustituído por don Ricardo Wall, de origen irlandés y poco amigo de los jesuítas. La neutralidad se mantuvo constantemente a pesar de las reiteradas presiones de Inglaterra y Francia, que trataron de atraerse a España al estallar la guerra de los Siete Años.

En 1758 fallecío la reina doña Bárbara, que manchó su reputación dejando en su testamento siete miliones de reales para su familia portuguesa. Creyóse que aquella fortuna la había logrado mediante manejos poco delicados de los asuntos públicos; pero esto no ha podido probarse. Es evidente que aquella suma hubiera sido mejor empleada en obras de caridad o de cultura.

El rey cayó en un estado de depresión que a última hora degeneró en locura furiosa, y falleció en el castillo de Villaviciosa de Odón el 10 de agosto de 1759.

CARLOS III (1759 -1788)

Sucedió a su hermano Fernando VI y dejó el trono de Nápoles, que ocupaba, a su hijo Fernando. El nuevo monarca tenia cuarenta años de edad y una experiencia de veinticinco de gobierno en Nápoles.

Su esposa, María Amalia de Sajonia, era una mujer inteligente y partidaria de conservar la neutralidad en la guerra de los Siete Años que sostenian Francia e Inglaterra; pero a su muerte consiguió el ministro francés Choiseul atraerse al monarca español, cosa nada díficil, habida cuenta de las humillaciones que los ingleses le hicieron en Nápoles y de las agresiones, contrabandos y otras vejaciones inferidas en las colonias de América, y a las que el Gobierno británico se negó a satisfacer y reparar, se vió abligado a entenderse con Francia para hacer frente al enemigo común.

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